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Consejos de Santos Rubino a Duque: Con Duque y una coalición pro-establecimiento, pero sin Uribe

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La línea que la revista Semana, vocera de un sector de la alta burguesía, traza frente al gobierno en la compleja situación de Colombia


A pretexto del artículo “El grito de la juventud” de la revista Semana del fin de año sobre la movilización que sacude al país
Por Marcelo Torres
Bogotá, 22 de enero de 2019


El artículo “El grito de los jóvenes”, del director de Semana, Alejandro Santos Rubino, está dedicado a la participación sobresaliente de la juventud en la rebelión social que sacude al país. Y si bien este tema parece central, en realidad ventila otro aspecto, que acaso constituya la carga de profundidad mayor del escrito: el que concierne a su postura sobre el gobierno Duque. Sin dorar la píldora, asevera: “El problema central de Iván Duque es que es un hombre de centro y moderado en un partido de derecha con un ala extremista”[1]. Ubicada así la posición política del presidente, incursiona luego en su trayectoria, con este relato:


Había hecho la primera parte de su carrera con Juan Manuel Santos. Junto con Juan Carlos Pinzón, Sergio Díaz Granados y Juan Carlos Mira conformaba las juventudes santistas cuando Santos no tenía ninguna posibilidad de llegar a la presidencia. Por cuenta de esa cercanía, trabajó en la Fundación Buen Gobierno, fue asesor en el Ministerio de Hacienda y terminó en el BID, de segundo de Luigi Echeverri.
Sigue diciendo que una vez Juan Manuel Santos fue elegido presidente, lo lógico era que Duque hubiese retornado al país a formar parte de ese gobierno.

Pero Duque –nos explica el articulista– siempre ha sido un hombre seguro de sí mismo, ambicioso y los ofrecimientos que le hicieron no llenaban sus expectativas. En ese momento conoció a Álvaro Uribe. El expresidente necesitaba un asistente para una misión que le había encargado la ONU y Luis Alberto Moreno le recomendó a Duque. Tuvieron una química inmediata. Uribe detectó enseguida el talento y potencial del joven funcionario y lo convirtió en su protegido. Por cuenta de esa amistad, Duque llegó a senador y posteriormente a presidente.
En menos de tres párrafos, el autor de un texto dedicado en principio a la protesta juvenil, nos resume los hitos principales de la vida pública del actual presidente. O mejor dicho, le cobra: ¿cómo es posible que siendo hechura del santismo haya ido a parar bajo el alar de Uribe?




“… si el expresidente se hubiera retirado de la política”

Santos Rubino nos recuerda que la historia se remonta más atrás, alrededor de las últimas dos décadas y media, durante las cuales el expresidente Álvaro Uribe ha tenido una incidencia central en los asuntos del país. Sin rodeos, va directo al núcleo de la cuestión cuando insiste en que “gran parte del éxito político de su carrera se debió a que se posicionó como el gladiador contra las Farc. Desde su época de gobernador y alcalde, hasta el final del gobierno de Juan Manuel Santos, las Farc estaban en el centro de su agenda”. “Esta guerra –continúa explicándonos– tuvo dos grande etapas. La primera, durante su gobierno, como el hombre que lideró con éxito la confrontación militar contra ese grupo guerrillero…”. Luego:

La segunda etapa fue igual de confrontacional pero no militar sino políticamente. Cuando supo que Santos y las Farc estaban negociando un acuerdo de paz, el expresidente pasó de jefe militar a jefe de la oposición. Su temor seguían siendo las Farc, pero esta vez ya no en condición de adversario de guerra, sino de muro de contención para atajar una supuesta tajada del Estado que Santos le habría ‘regalado’ a esa guerrilla en La Habana.
Añade que Uribe “se opuso a Santos en una forma tan implacable que no solo le hizo daño al presidente sino al establecimiento en general (cursivas nuestras)”. Es decir, que en lo que llama la primera fase jugó un gran papel, prácticamente de héroe nacional al decir del articulista, pero en la segunda cometió una grande equivocación al poner en riesgo la estabilidad del sistema.

La razón de ello, asegura el autor del artículo, reside en que Colombia cambió de preocupaciones.

La Colombia con la que Uribe se conectó, entre 2002 y 2010, es muy distinta a la Colombia del cacerolazo y la protesta social. A los colombianos ya no les preocupan las Farc, sino nuevos temas como el cambio climático, el aumento del desempleo, el acceso a la salud, la mala calidad educativa y sobre todo el rechazo a la polarización encarnada por Uribe y Petro.

En cuanto los acuerdos de La Habana posibilitaban la percepción de que Colombia iba a entrar en la fase final de la violencia –y esta disminuyó efectivamente y mucho en 2017 y 2018–, es cierto que mucha más gente pudo poner un mayor acento en la democratización efectiva, la defensa y el mejoramiento de su nivel de vida, el calentamiento global, y en las transformaciones sociales fundamentales. Pero el autor pasa por alto que las grandes movilizaciones sociales de los últimos años, especialmente de la juventud, ocurrieron como expresión del gran apoyo y presión por la pronta firma de los acuerdos de paz. Con la formulación de que “a los colombianos ya no les preocupan las Farc”, no puede ignorarse que esa gran presión social de masas por el cumplimiento de los mismos acuerdos ha continuado, y que una de sus principales manifestaciones ha sido la indignación y el repudio a la indolencia oficial ante la sistemática sangría de líderes sociales y de reincorporados a la vida civil. Y sobre “el rechazo a la polarización encarnada por Uribe y Petro”, es de advertir que, haciéndose eco de la idea difundida por los medios, el articulista atribuye a la opinión pública un supuesto rechazo a la polarización en cuanto que de esta se derivaría el ambiente de violencia. En realidad, esta interesada elaboración mediática persigue que el grueso de los colombianos crea que la polémica pública genera violencia, cuando sucede exactamente lo contrario: es la violencia la que genera el inevitable debate público. La deliberada confusión entre el efecto y la causa, amén de que implica una presión para obstruir la discusión que pueda conducir al esclarecimiento de la causa y las responsabilidades de la violencia, también busca estigmatizar así y excluir del escenario político a uno de los personajes que más ha contribuido a revelar las raíces del cruento flagelo en Colombia, Gustavo Petro.

En la segunda etapa de “la guerra contra las Farc”, ya en el gobierno Santos, el autor del artículo en comento registra que el expresidente Uribe pudo aprovechar varias circunstancias para torpedear el proceso de paz:

El gobierno de Santos concibió y ejecutó con seriedad el acuerdo de paz de La Habana. Y el resultado final, si bien imperfecto, tenía mucho más de bueno que de malo para el país. Tres hechos lo volvieron vulnerable a la crítica: 1) la derrota del plebiscito, 2) las 200.000 hectáreas de coca, 3) la telenovela de Santrich. Esos tres talones de Aquiles le sirvieron de munición a Uribe para montar una ofensiva sin tregua que minó la credibilidad del proceso.
Sin embargo, admite el articulista, en fin de cuentas las cosas no han ido nada bien para el señor de El Ubérrimo. Y añade sentenciosamente: “… si el expresidente se hubiera retirado de la política cuando salió de la Casa de Nariño, hoy sería el personaje más popular de la historia reciente”. Pero no lo hizo, y por ello Santos Rubino perfila una de sus conclusiones, a manera de compendio sobre la parábola uribista, al decir que:

Había llegado a la presidencia cuando la guerrilla estaba a las afueras de Bogotá y no se podía transitar por el país. Ocho años después las Farc estaban arrinconadas en la selva, los paramilitares aparentemente desmovilizados y la economía creciendo al 4,3. En ese momento su imagen favorable bordeaba el 80 por ciento y la desfavorable el 16. Hoy su imagen favorable está en 26 por ciento y la negativa en 66. Su presidente [Duque] está al mismo nivel, su partido acaba de sufrir una estruendosa derrota y la justicia le tiene puesta la lupa.
Como en una novela de suspenso, plantea: “¿Cómo pasó Álvaro Uribe de ser el político más popular de los últimos años a ser el más impopular hoy?” La respuesta que ofrece la basa en que “… con las Farc desmovilizadas y derrotadas estruendosamente en las urnas, el fantasma de que Santos les había entregado el país quedó desvirtuado”. Respuesta que se complementa, según su decir, citando un consultor político, con que “es curioso que a Uribe le haya hecho más daño un año de gobierno de Duque, es decir de filosofía uribista, que los ocho años de santismo”. Adentrándose en terreno cada vez más pedregoso, el articulista reconoce que “… tal vez el desgaste más grande para la imagen de Uribe viene del proceso penal que hoy enfrenta en la Corte Suprema de Justicia”. Y, aunque se apresura a declarar que no la comparte como una de las causas de la notable pérdida de influencia pública de Uribe, tiene que registrar que “los jóvenes han recibido la narrativa de ‘Uribe paraco’”, así adhiera con presteza a la tesis del mismo Uribe de que “los jóvenes no están bien informados”. Es natural que, en su repaso de las circunstancias adversas a la imagen e influencia de Uribe, al director de Semana se le hubiera escapado una que tiene el peso de la cordillera de los Andes: en los tres años de los acuerdos de paz, se revelaron más denuncias contra el expresidente de la Seguridad Democrática que en los veinte años anteriores.

Luego de la enumeración de factores sobre lo que denomina la “caída” de Uribe, el autor del artículo reduce el balance sobre el declive del uribismo a un fenómeno inteligible básicamente en términos mediáticos. “En el fondo –afirma– su principal problema puede no ser la justicia, el populismo, ni la identificación con Duque, sino simplemente la sobreexposición. Muchos colombianos no gustan de Uribe, pero muchos más están cansados de él. Desde 2002 prácticamente no ha pasado un día en que no haya protagonizado la vida nacional. Nadie aguanta ese nivel de presencia pública”. Y remata con esa suerte de sabiduría convencional profesada entre los círculos dominantes acerca de los exmandatarios: “Por lo general la gente empieza a querer a los presidentes cuando se van, pero Uribe nunca se ha ido”. Apreciación interesada y por demás superficial. Difícilmente se encuentra en el siglo XX un personaje con más “sobreexposición” en las noticias, relatos, libros, películas, etc., que Hitler, pero no es por esa característica, por supuesto, que el personaje ha sido identificado con el horror y una insondable malignidad, sino por su papel y responsabilidad de agresor y criminal de guerra en la segunda conflagración mundial que causó 50 o 60 millones de muertos, que es lo que importa a la humanidad.



“la necesidad de armar una coalición de gobierno”… no uribista

La especie de balance que hace del expresidente Uribe el artículo de Semana tiene un propósito político definido: demostrarle a Duque que su acelerado desgaste obedece a su voluntad de permanecer bajo tan problemática sombra.

El verdadero Duque –precisa– es el que está manejando el paro y no el que se le ha atravesado al proceso de paz que heredó. Como uno de los compromisos de campaña del Centro Democrático era hacerle reformas estructurales a la justicia transicional, el presidente se embarcó en la aventura de presentar las objeciones presidenciales a la ley estatutaria de la JEP. Eso fue una pérdida de tiempo que no desembocó en nada y que tuvo un costo político muy alto.
Ya en un artículo anterior registramos cómo Santos Rubino respalda la política del gobierno frente al paro nacional y las movilizaciones, y apoya la decisión de Duque de seguir adelante con las repudiadas medidas neoliberales. Lo cual no le impide enrostrarle que “la falta de gobernabilidad se ha debido en gran parte a la terquedad del presidente. Aunque perdió los primeros 18 meses, que suelen ser los más productivos de cualquier administración”. Tampoco el respaldo al gobierno frente al paro es óbice para que le recuerde a Duque que “los partidos que habían apoyado el proceso de paz, que hasta ese momento andaban cada uno por su lado, formaron un bloque que hasta la actualidad se ha convertido en un palo en la rueda del gobierno”. En el sentido de juzgar como un comienzo de rectificación de la anómala situación, en cambio, va la aprobatoria apreciación del director de Semana sobre el hecho de que “en las últimas semanas [el presidente Duque] ha dado señales de reconocer la necesidad de armar una coalición de gobierno”. Al igual que el franco elogio de “los coqueteos con Germán Vargas”, que el articulista en mención registra como “el primer paso que ha dado Duque para salir de ese atolladero”, celebra con entusiasmo:

Esa mano tendida hacia los otros partidos [que] ha comenzado a dar frutos. Aunque ninguna alianza ha sido concretada la nueva actitud del presidente hizo posible que pasara la ley de crecimiento económico. Es probable que al comienzo del año entrante vengan cambios en el gabinete que logren la paz política y las mayorías en el Congreso.
Si la política de mantenerse “atravesado al proceso de paz” por parte del gobierno “tuvo un costo político muy alto”, y si hay “señales de reconocer la necesidad de armar una coalición de gobierno”, va resultando claro que para el articulista lo nuevo de este agrupamiento del gobierno Duque con los partidos del establecimiento es que implicaría dejar de lado la hegemonía uribista.

Luego, el autor del texto que examinamos, en una nada disimulada advertencia exclama: “En 2020 llegará la prueba de fuego para el presidente”. Porque “en el próximo año el pulso político no va a tener lugar en el Capitolio sino en la calle. Y la calle es dura”.

En suma, con el artículo de Semana quedó planteada la contradicción entre un sector de la alta burguesía y el gobierno o, más precisamente, con el sello uribista que hasta ahora distingue sus ejecutorias. La contradicción no reside, por supuesto, en diferencia alguna sobre el modelo económico que aflige al país hace ya tres decenios. Tampoco en los métodos de gobierno que desplegó Uribe como gobernador de Antioquia y luego como presidente durante dos períodos. Por el contrario, Santos Rubino afirma categórico que fue gracias al papel cumplido por Álvaro Uribe durante esa “primera etapa de la guerra contra las Farc” que el expresidente cobró “dimensión histórica”. Porque encabezó lo que había que hacer y que en efecto se hizo, parece ser, en otras palabras, el balance de esta fracción de la élite granburguesa sobre ese período de Colombia sembrado de Convivires y falsos positivos. En lo que sí estriba la contradicción es en que el papel del Uribe celebrado en la fase precedente ahora pone en riesgo “al establecimiento en general”. Debe, por tanto, en palabras de Santos Rubino, irse “al Ubérrimo a adiestrar a sus caballos y a consentir a sus nietos”.


Fue la presencia multitudinaria de los colombianos en calles y plazas en todo el país lo que hizo de potente catalizador para que esta contradicción aflorara explícita y sin ambages. Que la grieta existente entre las clases dominantes colombianas se ensanche y se ponga al rojo vivo puede arrojar algún efecto positivo para el país. Sobre todo si implica el aislamiento y la pérdida de influencia política de Uribe y sus ultras. Puesto que tan trascendente alteración del contexto político colombiano podría librarnos de la mayor y más inmediata amenaza que se cierne sobre la vida nacional: la realización completa del proyecto fascista del uribismo a través del gobierno Duque. Tal proyecto está en marcha y manifiesto con signos inequívocos –los múltiples actos de gobierno que suprimen, restringen o auspician la fractura de las bases legales del Estado de derecho–, con la desembozada represión ante la protesta social y la sistemática sucesión de atentados contra los líderes sociales y reincorporados a la vida civil como sus expresiones más alarmantes.

La derrota de objetivos tan siniestros sólo puede asegurarla un poderoso movimiento de masas de definida resistencia antifascista. Desde esa perspectiva, las fuertes discrepancias entre fracciones de las clases dominantes, que vienen de atrás y ahora se recrudecen, pueden jugar un rol favorable. Aunque, una vez conjurado el peligro fascista –la salida del caudillaje uribista del escenario político–, deba proseguirse con la mayor fuerza y resolución posibles la resistencia contra las normas legales y situaciones generadas por el modelo neoliberal. Esa eventual ruta de la batalla democrática y antineoliberal tendría la ventaja de que, no obstante lo maltrecha y esmirriada que se halla la democracia colombiana, en principio se contaría con el suficiente margen de la misma para que la resistencia política y social no fuese declarada fuera de la ley, como sucedería en un régimen abiertamente fascista. Desde luego, hoy aún no hay nada definido. Está por verse qué decidirá Duque frente al dilema que enfrenta, o se aparta del uribismo y gobierna con una coalición del establecimiento o se mantiene bajo el influjo del jefe de la ultraderecha y resuelve proseguir su proyecto fascista hasta su consumación. Como también está por verse la actitud definitiva de los grandes grupos financieros que controlan y se lucran de la economía del país. Y en especial del de Sarmiento Angulo.

Recapitulando: el presidente Iván Duque, habiendo hecho carrera gracias a la frondosa estela santista, fue a parar a un lugar equivocado: la ultraderecha uribista. Tal el meollo de la reconvención del director de Semana al actual presidente. El reclamo por la ingratitud va acompañado de las reconvenciones por los efectos de la mala escogencia de los compañeros de viaje, el “atolladero” en que se halla Duque. Sin dejar por ello de poner de presente el respaldo extendido por sus antiguos auspiciadores, porque “el verdadero Duque es el que está manejando el paro”. Sin importar tampoco la contradicción que tal apoyo comporte, habida cuenta que ese “manejo” frente a la protesta social –negativa a negociar, intentos de manipulación de la opinión pública, desafío a esta al seguir adelante con la política neoliberal, y represión rampante–, constituye la aplicación al pie de la letra del recetario uribista. Como fuere, tanto las vueltas de tuerca como los elogios le sirven a Santos Rubino para desembocar en la invitación de fondo plantada a Duque: gobernar con todo el establecimiento pero sin “el presidente eterno”.


[1] Santos Rubino, Alejandro, “El grito de la juventud”, www.semana.com, 21 de diciembre de 2019. Todas las citas del presente artículo proceden de la referencia en mención. 


Sofismas de la derecha sobre el paro. A pretexto del artículo “El grito de la juventud” de la revista Semana del fin de año sobre la movilización que sacude al país

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Por Marcelo Torres
11 de enero de 2020


El artículo en mención apareció justo al mes del gran paro que hace vibrar a Colombia. En su calidad de magazín que se tiene por el de mayor influencia en la opinión pública ilustrada, tercia en el debate sobre lo que significa la más trascendente de las protestas sociales posteriores al fatídico 9 de abril de 1948. No es para menos. En todas las épocas, los acontecimientos, en especial aquellos que a simple vista revisten el carácter de hitos o puntos de inflexión de un proceso, provocaron controversias reñidas, según el punto de vista o intereses desde los cuales se enfocaran. Porque del significado y evaluación que otorguen los contemporáneos a los sucesos en cuestión dependerá de modo decisivo que sus consecuencias sociales se amplifiquen y consoliden, o, por el contrario, que desestimándose, se represen o mermen o, incluso, que pretendan borrarse. A todas luces es lo que ocurre en torno a la gran movilización nacional desatada el pasado 21 de noviembre, y eso que la misma está en pleno curso, vigorosa y pujante.





¿Loa a la rebeldía juvenil?
Para Alejandro Santos Rubino, autor del artículo mencionado, “el gran protagonista de 2019” es la protesta o el “grito” de los jóvenes. Otorgándole una dimensión mundial, comparable con la de fines de los años sesenta, crea al inicio de su escrito una expectativa de que se sirve para abordar los asuntos gruesos de su artículo: el paro nacional, la relación Uribe-Duque, el declive político del expresidente de la “seguridad democrática” y la política que, a juicio de Santos Rubino, debe adoptar el gobierno Duque[1].
En efecto, el director general de Semana se esfuerza desde sus primeras apreciaciones por dar una impresión de comprensión, e incluso de aprobatoria admiración, a la participación de los jóvenes colombianos en la actual protesta social. Si el Mayo francés del 68 fue “una revuelta histórica”, la del 2019 no desmerece puesto que enarbola “tres grandes causas”: “acabar con la desigualdad, luchar contra la corrupción y proteger el medioambiente”. Con precisión, identifica como “voz” de esas metas la de los jóvenes, y advierte que la joven generación tiene “un desencanto: la democracia”, “un enemigo: las élites”, y “un arma: las redes sociales”. Destaca como “símbolo” de esta juventud a la adolescente ambientalista sueca Greta Thunberg y reconoce por su nombre en Colombia los de dos líderes universitarios. A los jóvenes rebeldes del mundo actual, “nietos” de los baby boomers de los años sesenta, también les admite que “marchan contra un sistema político que ha sido incapaz de resolver los problemas esenciales de la gente”. Nada mal. Y remata calificando como logros de los jóvenes colombianos “tumbar la cotización por horas para jóvenes” y “lograr que el presidente objetara el artículo 44 que permitía usar los recursos de las universidades para pagar las demandas contra el Estado”.

Claro que –acaso por el entusiasmo apresurado de haber plasmado los adecuados párrafos preliminares– echó un pez podrido entre los cambios democráticos que atribuyó en el 2019 a la fuerza desatada de los movimientos juveniles. Entre los gobiernos depuestos en varios países por ese “despertar”… incluye el de Bolivia. Inclusión que rechazan los hechos, puesto que lejos de haber encabezado los jóvenes bolivianos el golpe de Estado habido en el hermano país, fueron sus víctimas. Nadie ignora que los perpetradores del mismo, los cabecillas de una extrema derecha fascistoide, racista, fanática y progringa, adelantan hoy una sangría genocida contra la mayoritaria población indígena boliviana.
Como contexto mundial, el autor de “El grito de los jóvenes” pone “la crisis migratoria, el ascenso de los populismos, la guerra comercial y el apretón fiscal”, y concluye que “estamos ante un coctel cuyos ingredientes pueden resultar explosivos”. Sólo se olvidó de indicar las causas de tan controvertidos fenómenos. Tampoco, ni por asomo, los relacionó con el modelo económico que estrenaron Reagan y la Tatcher y que antes el gobierno de Nixon había ensayado en el Chile de Pinochet. Y mucho menos con el ostensible declive de la otrora hegemonía unipolar estadounidense.

¿“Realismo” o regresión?
De pronto, la enumeración de las virtudes juveniles se trueca en lo que el gran influencer vende como el summum de la sensatez: “En Mayo del 68, la consigna era ‘seamos realistas, pidamos lo imposible’. Hoy, para lograr cambios, la consigna debe ser ‘seamos realistas, pidamos lo posible’ ”. O sea, le apuesta al revés del vigoroso lema. En sentido contrario no sólo a toda sociedad humana sino a la mera evolución de cualquier forma de vida, el enunciado pide que los jóvenes de hoy no sean más avanzados que sus abuelos, sino que marchen hacia atrás, como el cangrejo. En nombre de este “realismo” hace a un lado los cuidadosos elogios iniciales y procede de frente contra la expresión del descontento, la protesta social. “La protesta –afirma– se ha venido desdibujando entre las de las élites sindicales, el oportunismo de la oposición, la negociación ideológica del modelo de desarrollo del país”. Si se entiende bien, al articulista le chocan lo que se le antojan “reivindicaciones añejas” como la afiliación de los trabajadores a un sindicato, las convenciones colectivas, la estabilidad laboral, el trabajo, el salario y las pensiones decentes y a edad disfrutable, el derecho de huelga, la retroactividad de las cesantías, etc., etc., todas las cuales, tras el embate del capitalismo salvaje redivivo, quedaron reducidas al mínimo o son ya un simple recuerdo. A la ferocidad de ese capitalismo no le basta que se haya despojado a los trabajadores de fundamentales conquistas obtenidas tras prolongadas batallas; requiere además que todo el mundo, incluidos los propios afectados, consideren las mismas cual lo predica el credo neoliberal: como gabelas y prebendas injustificables.

La misma reacción le provoca al articulista el “oportunismo” de una oposición que denuncia, por ejemplo, el bombardeo de niños, el asesinato sistemático de líderes sociales y ex alzados en armas reincorporados a la vida civil, la negativa del gobierno a cumplir el acuerdo de paz que lo obliga a combatir todos los grupos ilegales y no sólo a los insurgentes, el empeño oficial en destruir la JEP para que no aparezca la verdad sobre las responsabilidades de los crímenes y atrocidades del conflicto (como las fosas comunes de Dabeiba)… Y por supuesto, la crispación mayor se la suscita la sola mención o posibilidad de “la negociación ideológica del modelo de desarrollo del país”. Cualquier afinidad o acercamiento de los jóvenes a tan arcaicas u oportunistas demandas no termina, para la pluma dorada de Semana, sino “desdibujando” la protesta social.
Es por no seguir tan sabia conseja, entonces, que “lo que empezó como una seductora sinfonía de cacerolas y de expresiones lúdicas y juveniles de protesta va en un pliego de peticiones de 104 puntos, que incluyen hoy causas tan disímiles como la libertad inmediata de los presos políticos, desmonte del Esmad, sacar a Colombia de la Ocde, derogar las leyes naranja, eliminar el cuatro por mil, estatizar Ecopetrol y desmontar el paramilitarismo, entre muchos otros”.
Una irritación en aumento hace que el director de Semana vire rápido hacia un definido blanco de ataque: “Los miembros del Comité de Paro han sido poco realistas al pretender mucho más de lo concedido a las Farc en La Habana, lo que en la práctica significaría una revolución por contrato”. Los pedidos de esta “revolución por contrato” constituyen una exigencia general de democratización del opresivo e injusto régimen económico y político-social colombiano; ninguno implica un cambio de poder ni alteración de fondo del sistema económico-social. “En esta categoría –sigue diciendo el articulista sobre las demandas del paro– están las peticiones propias del socialismo al pretender dejar todo en manos del Estado y reducir el papel del sector privado”. La médula derechista aflora aquí sin ambages. Y pretende impresionar al lector poco informado con falacias que no resisten el menor análisis. El capitalismo de Estado y las nacionalizaciones de sectores estratégicos de la economía son medidas progresivas pero no constituyen socialismo alguno. Surgieron en los Estados industrializados a fines del siglo XIX, recibieron fuerte impulso con la economía de guerra de la primera conflagración bélica global, emergieron con gran fuerza durante la Gran Depresión en Estados Unidos y se generalizaron en todos los países capitalistas, como en los países sometidos a ellos, después de la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el llamado Estado del bienestar tuvo su vigencia en ellos en dicha segunda postguerra, y su auge entre 1960 y fines de los años setenta. Fue el neoliberalismo el que arrasó después con todo eso. De ahí la rebelión social que se levanta por doquier.

Con todo, Santos Rubino nos enumera algunos de los puntos “absurdos” del pliego del paro: “modificar la doctrina militar y la política de seguridad y defensa del país; cambiar el modelo de salud y volverlo público; dialogar con el ELN; liberar a los ‘presos políticos’…” y añade, “estatizar a Ecopetrol; realizar investigaciones periódicas sobre el sida; retirar a Colombia de la Ocde; realizar de nuevo el censo para incluir a las comunidades afro; reversar los TLC; actualizar el código nacional de tránsito”. De manera olímpica desestima estas demandas de millones de ciudadanos basado en el simple hecho de enumerarlas, sin detenerse en su consideración, salvo en una o dos de ellas, y sólo para acudir a la autoridad de los “expertos”, quienes precisamente elaboraron o tradujeron al español las medidas y decisiones de gobierno vigentes o anunciadas que la gente repudia.

Nacionalización completa de Ecopetrol: plenamente “viable”
De un plumazo, al igual que el gobierno Duque, el articulista declara las reivindicaciones planteadas por el paro como “inviables”. Por ejemplo, nos dice, “estatizar la totalidad de Ecopetrol implica que la Nación desembolse unos 15 billones de pesos para comprar las acciones de los privados. A la luz de la situación fiscal, esa exigencia resulta imposible”. Sin embargo, si se consideran las cifras reales de la petrolera estatal, el tremendismo de la afirmación de Santos Rubino carece de todo fundamento.
El actual presidente de la organización nacional de los trabajadores petroleros, la Unión Sindical Obrera, Edwin Palma, explica la completa viabilidad de la propuesta de comprar las acciones privadas de Ecopetrol, en manos de titulares individuales y fondos de pensiones, que ascienden al 11,5% del valor de la empresa. Esta operación, denominada de recompra de dichas acciones privadas, es vista como una práctica habitual en los medios bursátiles y de negocios, pero cuando el comprador es el Estado, el interés privado de los poderosos pone el grito en cielo: ¡alerta, atentado contra la sacrosanta economía de mercado! “La inversión que se necesita para hacer la recompra –afirma el presidente de la USO– es fácilmente financiable con recursos de la propia empresa y el Estado, sin endeudarnos, Ecopetrol tiene suficiente liquidez y las inversiones son recuperables vía dividendos que pagará la empresa”[2]. Y agrega: “Este año, con el 88,5% de propiedad [de Ecopetrol], la Nación ha recibido $11,4 billones, pero si tuviera el 100 % de las acciones habría recibido $ 12,8 billones, lo que equivale a 1,8 veces la reforma tributaria”. Es claro que los ingresos anuales de Ecopetrol permitirían programar y realizar la recompra gradual aludida. Explica que el verdadero obstáculo para efectuar esa recompra de las acciones privadas no es otro –refiriéndose al apego oficial a los cánones neoliberales– que “la voluntad política de un Gobierno muy ortodoxo”. Aclara que de las bonanzas petroleras “Colombia no ha ahorrado nada, ese dinero ha tapado el enorme hueco de las exenciones al 0,01% más rico y la corrupción generalizada”. El líder sindical remata su argumentación reafirmando la necesidad de que el país, a la par de impulsar su propio desarrollo, contribuya a la reducción del calentamiento global. Y señala el papel clave que jugaría la estatal petrolera mediante una política económica encaminada a disminuir la extracción de combustibles fósiles como base de la economía nacional y que busque su paulatino remplazo con la generación de energías limpias. “Colombia –enfatiza con acierto– necesita crear un fondo para la transición energética justa y contar con una empresa pública nacional que ayude con innovación, recursos y capacidad a que esa transición beneficie al pueblo colombiano y siga generando riqueza…”.
Curiosamente, el articulista de Semana pone de manifiesto un repentino interés por delimitar cuáles son las genuinas reivindicaciones juveniles y a cuáles debe apartarse de esa categoría. En tono de quien avisa sobre un gran peligro, interroga: “¿los líderes del paro representan a los jóvenes que vienen expresando su descontento y que han puesto la educación, el empleo y el ambiente como sus banderas, y que nunca habían reclamado estatizar a Ecopetrol?”. La mala imitación de la manera socrática deja ver el temor cierto de que estudiantes y trabajadores junten sus reivindicaciones con las del conjunto del pueblo. Lo cierto es que desespera por meter una definitiva cuña divisionista entre la dirección del paro y la gran masa de los jóvenes movilizados. Un poco tarde, porque quizá uno de los logros mayores del paro consiste precisamente en haber entrelazado las justas y distintas demandas particulares, que expresan la heterogeneidad de la composición social de Colombia, para plantear frente al gobierno de Duque un pleito, el gran pleito general de la abrumadora mayoría contra la minoría que gobierna.
A manera de puntualización, el autor del artículo de Semana aduce que los cambios no pueden hacerse con “reclamos utópicos, soluciones inmediatas y rabia en las redes sociales”, “sobre todo, cuando hace menos de dos meses el pueblo colombiano expresó su descontento en las elecciones de alcaldes y gobernadores, las más altas en la historia con 22 millones de votos, y que cambiaron el mapa político y demostraron el vigor de la democracia colombiana”. El problema es que el argumento –que el pueblo colombiano expresó su descontento en las elecciones pasadas, que estas votaciones fueron las más altas en la historia– no fundamenta el pretendido realismo. Por el contrario, lo refuta: el descontento electoral manifiesto en las más altas votaciones muestra precisamente que hay lugar a 104 puntos y más del reclamo del pueblo.
104 puntos de la “lista de mercado”
A esta altura, el artículo de Semana ha dejado muy atrás su elogioso inicio respecto a los jóvenes y cedido el paso al perentorio llamado a desechar los pedidos ilusorios. No obstante anotar que a Macron lo hacen reflexionar las revueltas de los jóvenes en Francia, no hay ni pío en el sentido de la misma observación que también merece Duque. Por el contrario, pronto pasa a una abierta defensa del gobierno: “La mayoría de los problemas por los cuales la gente salió a las calles no solo vienen de atrás sino que son casi imposibles de solucionar en el corto plazo. El presidente ha manejado acertadamente esta situación al tratar de arreglar lo que se pueda, pero dejando claro que el Estado no se negocia”. Que los problemas vengan de atrás es el reconocimiento de que no son ocurrencias de la víspera –ni siquiera la justa respuesta que ameritaron los anuncios oficiales para profundizarlos–, sino que el padecimiento del pueblo ha sido real y prolongado y es en ello que se funda su exigencia de soluciones. Y la vaguedad de “arreglar lo que se pueda” pero “dejando claro que el Estado no se negocia”, como la afirmación de que “el Gobierno no tenía otra salida”, expresa el apoyo a la rotunda negativa oficial a reconocer siquiera la realidad de dichos males y menos a considerar en serio que se aborde su solución.
Ensayando una justificación a la actitud del gobierno, se plantea: “El hecho es que los 13 puntos iniciales del Comité del Paro constituían una agenda concreta y aterrizada sobre la cual negociar. Cuando el comité los amplió a 104 pasaron de tener un pliego de peticiones a una lista de mercado”. Pese a la despectiva intención con que se compara el pliego de peticiones del paro con “una lista de mercado”, ésta, entre otras principales preocupaciones, es precisamente una de sus reivindicaciones y exigencias centrales. Puede que para dómines y encopetados la “lista de mercado” no merezca más que la displicencia frente a lo anodino o de quinto orden, mas para muy amplios sectores de colombianos el drama permanente es cómo llegar a fin de mes. Pero el articulista se enreda en sus propias espuelas. Si los 13 puntos iniciales “constituían una agenda concreta y aterrizada sobre la cual negociar” –¡cierto!–, ¿por qué entonces el gobierno rechazó de plano que las “conversaciones” con el Comité de Paro constituyeran una negociación en regla?, Sí pero no, ¡vaya incoherencia!, ¿y esta es la política del “realismo” que se nos quiere vender a los colombianos?

Queriendo invertir los hechos, el autor del artículo de marras hace el panegírico de la intransigencia oficial, y adjudica esta al Comité Nacional de Paro: “Su posición frente a Duque es ‘o usted negocia solo con nosotros o no le jalamos’”. Que el gobierno negocie en serio con el Comité Nacional de Paro implica que lo haga sin pretender inmiscuir terceros de carácter privado en una negociación en la que nada tienen que hacer, excepto, claro está, oponerse. Que se sepa, ni el grupo de Sarmiento Angulo, ni los demás grupos financieros o gremios económicos tienen arte ni parte en la promoción del paro, ni tiene lógica alguna que concurrieran a una mesa de negociaciones de sus reclamos.
El fondo del asunto es más sencillo. En lugar de atender seriamente los reclamos que millones de colombianos expresan en el paro, el presidente Duque arrancó con la operación llamada “conversación nacional” –frente a la cual se deshizo en alabanzas el articulista–, con interminables e indefinidas reuniones para mostrar al país que el gobierno “dialoga”, en charlas tan animadas como inocuas, mientras la plataforma web habilitada para el efecto recibe miles de propuestas que, según solemne promesa oficial, luego se traducirán en proyectos de ley. El propósito diversionista de la maratón es tan evidente que sólo resulta creíble para el círculo gobiernista y los medios más ligados al establecimiento. Se conoció la réplica del Comité Nacional de Paro, negándose a contribuir a la pantomima, planteando con claridad las demandas de la ciudadanía, y subrayando la elemental premisa de que si las reuniones no son para entablar una negociación concreta carecen de sentido alguno. Ante la falta de credibilidad generalizada de un gobierno cuya imagen se aproxima al piso, cuyo mandatario nunca cumple los acuerdos pactados con los sectores sociales, ni siquiera respecto al grueso de las exigencias planteadas contra la corrupción por más de 11 millones de votantes, el país democrático entiende que al frente de la gran batalla social se encuentra una dirección con claridad y experiencia que no se deja engatusar. Porque la “conversación nacional” del gobierno, con la pretensión de extender sus charlas hasta marzo, no perseguía objetivo distinto a darle largas a las demandas del paro, de modo que todo terminara en humo de pajas.

El rataplán neoliberal
Sin vacilar, el artículo de Semana se coloca del lado de las medidas más impopulares, contra las que se dirigió el paro y las movilizaciones, como la reforma tributaria, que recibió el pomposo nombre oficial de Ley de Crecimiento Económico. Celebra su aprobación, llevada a cabo con “tanta holgura” en el Congreso que la califica como “el mejor éxito” del gobierno en la legislatura finalizada. No escatima alabanzas para con el más detestado ministro, el de Hacienda, Carrasquilla, aunque reconoce que el apoyo de Cambio Radical, la colectividad dirigida por Vargas Lleras, fue “determinante”. Tampoco deja de mencionar los paliativos añadidos para adobar la regresiva expoliación contra las mayorías: “otorgar tres días sin IVA al año y devolverle una parte de este impuesto al 20 por ciento de la población más pobre del país”. Nimios paños de agua tibia frente a la vital necesidad de mejorar la deteriorada capacidad adquisitiva del grueso de los colombianos.
Similares al proyecto legislativo del expresidente Uribe de la prima dizque para completar, al decir del presidente Duque, el millón de pesos demandado por las centrales obreras para el salario mínimo del 2020 que, como afirma un destacado miembro del Comité de Paro, el fiscal de la CUT, Fabio Arias, no busca más que “lavarle la cara, con un engaño a la gente, a su mentor, Álvaro Uribe Vélez”[3]. Patraña esta última de alcance insignificante, pues amén de que no constituiría factor salarial, implicaría sólo 5, 10 o 15 días de salario mínimo de conformidad con el tamaño de la empresa, se aplicaría a quienes ganen hasta un salario mínimo y medio pero de modo diferido, pagadera en dos mitades: en 2020-2021 y a partir de 2022. Con lo cual, como asevera el líder sindical citado, “…en ningún caso para el 2020 completarán el millón”. Además, agrega, la restrictiva condición de que quienes la reciban deban estar estudiando, aleja aún más la posibilidad real de recibirla, habida cuenta de la dificultad que ello implica para los trabajadores que devenguen salario y medio mínimo.
Presentados de manera oblicua, para inducir la opinión de que las medidas que tomó o anuncia el gobierno son inevitables, el artículo formula una seguidilla de interrogantes: “¿Cómo incentivar la inversión, la empresa privada y el crecimiento de la economía sin que se abra un hueco fiscal y no sea visto como un privilegio a los más ricos? ¿Cómo hacer una reforma pensional que cobije a más personas y le dé una mesada digna al adulto mayor en una sociedad que está envejeciendo sin aumentar la edad de pensión? ¿Cómo generar más empleo sin incentivos tributarios y flexibilización laboral? ¿Cómo defender a los líderes sociales e indígenas en un Estado casi inexistente en zonas montañosas donde impera el gatillo del narcotráfico? ¿Cómo reducir los subsidios a la clase media para dárselos a los más vulnerables cuando es la clase media la que está en las calles? ¿Cómo menguar las pensiones más altas que son una gran fuente de inequidad social si cobijan a las Fuerzas Militares, el Magisterio, las Cortes y los jueces?” Con excepción de los asesinatos de líderes sociales e indígenas, que ya cobran carácter de exterminio –el cual obedece a que los perpetradores del mismo se sienten aupados por el ambiente oficial propiciado contra la paz–, si al resto del rosario de preguntas se les quitan los signos de interrogación, al instante se reducen a su verdadera dimensión: una sumatoria del repertorio neoliberal, cuya raíz común reside en una de las características clave de ese modelo: canalizar el flujo del presupuesto público en favor de la minoría plutocrática gobernante y en menoscabo de la gran mayoría de la sociedad.
Ello se refleja en la manera que el articulista adopta para plantear que simplemente no hay recursos presupuestales para satisfacer las demandas planteadas desde la calle. “Y aún más difícil de resolver en momentos en que el país –y el mundo– está en tiempos de vacas flacas. La larga fiesta de los buenos precios de los commodities ya pasó, y la protesta social llega con la resaca fiscal, Trump, el brexit y la guerra comercial. Nadie quiere hacer sacrificios, y todos quieren defender y extender sus derechos. Esa ecuación para las finanzas del Estado no aguanta”. Aquí aterriza su planteamiento el autor del artículo. Nada contra el dogma neoliberal del presupuesto equilibrado, más recientemente denominado “regla fiscal”, porque eso “no aguanta”. La “resaca fiscal” es la manera, curiosa y elusiva, de referirse al lógico resultado del ruinoso modelo que impuso Washington a casi toda América Latina desde hace más de tres décadas. Porque las afugias actuales no tienen origen distinto al endeudamiento externo y sus condicionamientos, la apertura del mercado interno a las inversiones y mercancías de las multinacionales, la renuncia a la industrialización y a la autosuficiencia alimentaria, así como al mantenimiento de la exportación de hidrocarburos y otros recursos del subsuelo como base de la economía.
El subcontinente, y Colombia en particular, están peor que antes de la llamada década pérdida –la de 1980– para América Latina. Por lo menos en el período que unos llaman cepalino y otros del desarrollismo proteccionista –desde la segunda posguerra hasta finalizar los años setenta–, nuestra industria nacional llegó a alcanzar una proporción significativa del PIB (24,7% en 1975[4]) muy por encima del triste fragmento que representa hoy (12,05% en 2018[5]), y el Estado aún no había entregado al capital financiero privado los servicios sociales ni sus obligaciones productivas. El atraso económico, la tragedia social y el aumento de la desigualdad se dispararon con la llamada apertura económica –que atornilló el país a la globalización imperialista–, y junto al repliegue del Estado de sus funciones sociales, regulatorias y económicas. El pretendido remedio a las consecuencias que todo ello trajo es peor que la enfermedad. Al repulsivo menjurje que los clérigos del neoliberalismo del FMI obligan a ingerir a nuestros países, con la anuencia de élites criollas serviles, dieron en llamarlo “ajuste” fiscal. No es nada más que una reducción brutal del consumo de la población, la política de “austeridad” que con tanta persistencia prescriben al pueblo los economistas al servicio del engranaje de la oligarquía financiera y sus centros de estudio. Austeridad que por el lado del gasto público implica severos recortes presupuestales para salud, educación, bienestar social, salarios, subsidios dirigidos al pueblo y a las actividades productivas, y ante todo, estricto cumplimiento del pago de intereses y amortizaciones de la deuda externa. En tanto que del de los ingresos del Estado, significa aumento de la carga impositiva sobre la masa de la población mediante impuestos regresivos como el IVA, mientras que cuantiosas exenciones se conceden al capital financiero del país y a los inversionistas foráneos[6].
La reforma tributaria recién aprobada, como tantas disposiciones decretadas o convertidas en leyes antes, al igual que las anunciadas, todas aplicaciones del modelo neoliberal, constituyen verdaderos atentados contra el país y sus gentes. A la retórica apologética de Santos Rubino sobre el recetario neoliberal, como a su afirmación de que las demandas sociales del paro no pueden satisfacerse por “la resaca fiscal”, hay que replicar, por tanto, que esta resaca la generó el funesto recetario y que su corolario antisocial –el ajuste fiscal–, empeora la situación al exigir más sacrificios al pueblo.
Salta a la vista lo que el artículo omite: la rienda suelta dada a la represión oficial. Es cierto que Semana –aunque publicó con retraso las importantes revelaciones del New York Times– ha realizado muy valiosas denuncias incluyendo la del escándalo del día, relativa a las gravísimas acusaciones judiciales a miembros de la jerarquía castrense. No obstante los jóvenes muertos y heridos en el paro, entre los cuales se cuentan los que perdieron alguno de sus ojos a causa de la brutalidad desplegada por el Esmad contra los pacíficos manifestantes, y a pesar de tantas denuncias y reparos, nacionales e internacionales, el articulista los ignora y prefiere no referirse en absoluto al trascendente asunto. Termina quejumbrosamente su apreciación sobre el paro: “Con estas realidades –un pliego muy difícil de satisfacer y una conversación nacional que acaba en tres meses– es incierto en qué va a terminar lo visto en las calles desde noviembre. En todo caso, es claro que los jóvenes, con sus cacerolas, han dicho que no se quedarán quietos”. De toda la apurada disquisición, esto último es lo más cierto.
Notas


[1] En este artículo sólo se tratará lo concerniente al paro nacional.
[2] Palma Egea, Edwin, “Sí es un buen negocio que Ecopetrol sea 100 % estatal”, 7 de enero de 2020, https://www.las2orillas.co/ Todas las demás referencias relativas a este asunto provienen del mismo artículo.
[3] Arias, Fabio, “La prima de Uribe que apoya Duque: una migaja populista de quienes nos empobrecen”, https://www.las2orillas.co, 30 de diciembre de 2019.
[4] Echavarría, Juan José, Villamizar, Mauricio y González, Juanita. “El proceso colombiano de desindustrialización”, Banco de la República, 1999, p. 6, cálculo de los autores con base en DANE y Banco Mundial.
[5] Fuente: DANE.
[6] Un experto no neoliberal sintetizaba así, para 2010, la estructura básica de la regresiva tributación en Colombia: “Tenemos un sistema muy regresivo e insuficiente que reposa sobre los impuestos indirectos (8 puntos del PIB), mientras que los impuestos a la renta se han disminuido con las nuevas exenciones y deducciones al 5 % del PIB”, pero este estado de cosas persiste hasta la fecha inalterado”. Kalmanovitz, Salomón, “La prosperidad: ¿qué tan democrática?”, www.elespectador.com , 15 de agosto de 2010.