Uno de los temas más relevantes de la película Metrópolis (1927) de Fritz Lang, es la fascinación por el maquinismo, triunfante en los años 20 y, al mismo tiempo, el temor a su poder destructivo y deshumanizador, que era uno de los postulados del expresionismo.
Edmundo Zárate
Phd en Economía / profesor universitario
Phd en Economía / profesor universitario
Analizando
el papel de las máquinas en la producción, Marx resaltó que ese gran avance
inducía a la liberación de la esclavitud del trabajo y del capitalismo mismo:
“El capital trabaja, así, en favor de su propia disolución como forma dominante
de la producción”1. Pero advirtió que en
el mundo capitalista esas máquinas acarrearían una serie de contradicciones y,
mientras no se lograra la revolución proletaria, arreciarían la esclavitud de
los obreros.
A la luz
de los portentosos avances que está mostrando el mundo de la robotización y de
la inteligencia artificial, conviene echarle una ojeada a las manifestaciones
que está teniendo el análisis de Marx.
La caída del ingreso de los obreros
Uno de
los problemas del capitalismo –que el keynesianismo ayudó a enfrentar– fue el
que se conoce como subconsumo, consistente en que la gran masa poblacional, en
esencia la clase obrera, no tiene los recursos para comprar lo que se está
produciendo. La solución planteada por Keynes fue aumentar el ingreso salarial.
Obviamente no el salario de cada uno de los trabajadores sino acrecentando el
número total de empleados, con lo cual se incrementa la suma total de salarios
pagados, y de paso actuó como anzuelo para acallar las luchas obreras.
Aunque
esa solución nunca fue del todo efectiva, al menos sí sirvió para reactivar la
economía en Estados Unidos y en Europa en diferentes períodos del siglo pasado,
sobre todo contratando mano de obra para hacer infraestructura o como empleados
públicos. Estos trabajadores jalonaban el consumo de bienes manufacturados, de
manera que las empresas vendían más y aumentaban a su turno el número de obreros.
Pero el creciente uso de los robots (máquinas
programables) y de la inteligencia artificial (máquinas que aprenden) en las
últimas tres o cuatro décadas, ha ocasionado un doble efecto que le quitó
eficiencia a la medicina keynesiana. De una parte, ha aumentado más que
proporcionalmente el número de unidades producidas con la misma inversión y,
con ello, el número de unidades que como mínimo deben venderse para que la
actividad arroje ganancia. Y de otra, casi en relación inversamente
proporcional, ha disminuido el número de obreros empleados en la misma
factoría.
A la reducción de trabajadores en las
empresas se le suma la política neoliberal de achicar la nómina del Estado y
así, por el creciente ejército de reserva entre los obreros, la tendencia de
los salarios es a su disminución continua. La gráfica 1 ofrece una idea de
esto.
La brecha
entre productividad y el pago promedio de un trabajador ha crecido
dramáticamente desde 1973. Crecimiento de la productividad y pago horario entre
1948 y 2015 en Estados Unidos.
De esa creciente brecha en Estados Unidos solo se
han salvado, en cierta medida, los sectores sindicalizados de acuerdo con lo
que concluye un connotado economista neoliberal, Paul Krugman.
El
resultado general es apenas lógico: Día a día es más evidente que en la
sociedad no hay suficiente ingreso entre el grueso de la población para comprar
la creciente cantidad de productos que se producen.
En una
economía socialista donde el consumo de la población no está atado a su
ingreso, ni la producción a la ganancia, esto no será problema. Pero en el
capitalismo, sí. Bastante preocupación ha de existir entre los detentadores del
poder para admitir la posibilidad de que las sociedades ofrezcan lo que se
conoce como la renta básica universal, consistente en que a cada persona se le
dé un pago, independientemente de que esté o no trabajando, para así aumentar
su capacidad de consumo. En la reunión de 2017 de los dómines del mundo en
Davos, Suiza, se puso en la agenda la discusión del tema. Es una solución que,
aparentemente, es socialista, no capitalista, y menos aun cuando el capitalismo
es neoliberal.
Pero hay
más problemas para la burguesía. Si se crea la renta básica universal, ¿de
dónde saldrán los recursos para pagarla? Evidentemente no puede ser cobrando
impuestos a los trabajadores pues no se estaría resolviendo el problema al
darles plata por un lado y quitársela por el otro. Tampoco puede ser con
impuestos al consumo como el IVA, por la misma razón. La solución que empieza a
discutirse en los círculos capitalistas es que el recaudo del Estado provenga
esencialmente de ¡impuestos a los robots!2
¿Cuántos obreros serán desplazados? En próxima
entrega de esta columna se analizarán algunas cifras y plantearemos nuetra
posición sobre el fenómeno en curso. De momento téngase en cuenta que de
acuerdo con la consultora mundial McKinsey, hoy podrían reemplazarse, con la
tecnología ya existente y probada, 1.700 millones de trabajadores
manufactureros en todo el mundo (la población China es de 1.300 millones)3. En el sector agrario según cálculos hechos
para el año 2000, de los 3.000 millones de trabajadores rurales de ese
entonces, con la tecnología de ese año bastarían solo veinte millones para
producir lo mismo. Sobrarían 2.980 millones de trabajadores4. Qué evita que esto no haya ocurrido,
también será objeto de la siguiente entrega.
Notas
1 Marx,
C., (1972). Fragmento sobre las máquinas, en Elementos fundamentales para la
crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Vol., 2, México:
Siglo XXI, pp. 216-230.
2 ¿Deben
pagar impuestos los robots por trabajar en lugar de un ser humano? Universia
Knowledge@Wharton (2016, nov. 29). Descargado de
http://www.knowledgeatwharton.com.es/article/deben-pagar-impuestos-los-robots-trabajar-lugar-humano/.
3 McKinsey Quarterly, julio 2016.
4 Amin, S. (2003). “World Poverty,
Paupe-rization, & Capital Accumulation”. Monthly
Review, Vol. 55 (5).
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