La desesperada estrategia electoral de Trump: ataque a Cuba y Venezuela y El Grupo de Puebla

César Tovar de León 15:21


Dos artículos, el primero publicado en la revista Nueva Gaceta actualizado para La Bagatela. El segundo se publicó en el portal Las Dos Orillas. Cuando han transcurrido apenas dos meses desde el inicio de la pandemia, las perspectivas de superarla pronto parecen bastante inciertas. Como consecuencia del confinamiento de buena parte de la población, la economía global, que ya arrastraba problemas serios en los últimos años, se derrumbó, tal como lo hicieron los precios del petróleo.

No hay augurios sobre una rápida salida a la crisis. La OMS habla de la posibilidad de convivir con el virus durante años y la vacuna no aparece todavía en el horizonte. Las instituciones internacionales hacen pronósticos cada vez más sombríos sobre crecimiento, comercio, empleo y pobreza.

Por Consuelo Ahumada
Miembro del Comité Ejecutivo del PTC / marzo 09, 2020
Tomado de
Nueva Gaceta

La desesperada estrategia electoral de Trump: ataque a Cuba y Venezuela

A menos de seis meses de la campaña presidencial en Estados Unidos, ante su desastroso manejo de la pandemia, Donald Trump ha decidido concentrar su estrategia electoral en una política exterior cada vez más agresiva y peligrosa. Sospecha que el resultado de noviembre no le será favorable, a menos que ocurriese algo extraordinario.

Se trata, entonces, de desviar la atención del desastre interno y concentrarse en golpear a quienes ha catalogado como sus enemigos de fuera. Son varios los componentes de esta estrategia. El primero, un ataque sin tregua a China, su principal rival económico y ahora, el país que asumió el liderazgo frente a la crisis sanitaria. Insiste en amenazarlo con demandas y sanciones, motivadas por la supuesta fabricación del virus en un laboratorio de Wuhan. La validez de esta acusación ha sido desmentida por la OMS, por importantes expertos del mundo e incluso por los mismos servicios de inteligencia de Estados Unidos, forzados por el mandatario a buscar pruebas a como diera lugar.
El segundo, un hostigamiento y ataque permanente a la República de Cuba que, en medio de la crisis sanitaria y contra la voluntad y las amenazas de Washington a terceros países, ha cumplido un papel ejemplar en el despliegue de misiones médicas a más de 70 países del mundo entero, muchos de ellos con precarias condiciones para atender la pandemia.
 El pasado 29 de abril en la noche se produjo un ataque aleve a su Embajada en Washington, que no dejó víctimas, pero sí importantes daños en la sede. Sobre este incidente, calificado como acto terrorista por el gobierno cubano, Washington no ha dado explicación alguna, aunque ya han transcurrido tres semanas. Como señaló Díaz Caney, su presidente, se trata de un ataque instigado por el lenguaje incendiario que utiliza Trump para referirse a este país.
 En efecto, este episodio sucede en un período marcado por el endurecimiento del bloqueo que puso en práctica Estados Unidos contra Cuba desde el año pasado, y se expresó en nuevas restricciones para intercambios turísticos y cruceros, y en un límite al envío de remesas, entre otras medidas. Washington lo incluyó en la lista arbitraria de los países que no hacen nada frente al tráfico de personas, con el objeto de justificar nuevas sanciones internacionales. ¡Qué lejos quedó el histórico encuentro de Obama y Raúl Castro en La Habana el 21 de marzo de 2016, para recomponer las relaciones entre los dos países!
 Pero el hostigamiento a Cuba tiene un episodio más reciente y grave, que ha merecido el repudio internacional. Siguiendo con su estilo imperial, el pasado 13 de mayo el Departamento de Estado informó la inclusión de la Isla en su lista de países que no cooperaron en la lucha contra el terrorismo durante 2019. El motivo que adujo para hacerlo es que no atendió la solicitud por parte del gobierno colombiano para que extraditara a los dirigentes del ELN que integraron la delegación de paz, con motivo del repudiable atentado de este grupo en la Escuela de Cadetes de Bogotá.
Con esta medida, el gobierno de Trump desconoce los protocolos suscritos el 5 de abril de 2016 por el Estado colombiano, la guerrilla y los países garantes, Cuba y Noruega, para el caso de que se diera una ruptura de la negociación. El gobierno colombiano, en otro acto vergonzoso de los tantos que han marcado su política exterior, celebró el “espaldarazo” recibido de la Casa Blanca.
Se cierra así cualquier posibilidad de salida negociada al conflicto armado con el ELN y se pone en peligro todavía más el golpeado acuerdo con las FARC, debido a que su ahora partido se retiró de CSIVI[i] por esa decisión. Así, los gobiernos de Estados Unidos y Colombia rompen una vez más con el derecho internacional. Señala Humberto de La Calle, negociador del Gobierno Nacional en el proceso con las FARC, en reciente artículo: “Los protocolos suscritos para los miembros del ELN obedecen a una práctica milenaria sin la cual se harían imposibles las conversaciones entre antagonistas armados”, y más adelante: “Es inaudito que se acuse a Cuba por honrar la palabra empeñada con el gobierno de Colombia. La afirmación de que eso fue suscrito ´con otro gobierno´ carece de toda validez internacional”[ii].
El tercer componente de la estrategia criminal de Estados Unidos es sin duda el más peligroso del momento, por cuanto involucra a una parte importante de la región, pero en especial a Colombia: el estrechamiento del cerco sobre Venezuela. En marzo pasado Trump emprendió un despliegue militar en el Caribe y el Pacífico en América Latina, con el pretexto de combatir el narcotráfico proveniente de México y Venezuela. Pero la Casa Blanca dejó en claro que se trataba de derribar al gobierno de Nicolás Maduro, por cuya cabeza y la de sus principales colaboradores ofreció una recompensa millonaria, al mejor estilo del western.
Desde enero de 2019, cuando un personaje anónimo, mediocre y ambicioso denominado Juan Guaidó se autoproclamó como presidente de Venezuela por mandato de Donald Trump y con la complicidad del Grupo de Lima, los ataques contra el gobierno del país vecino se han intensificado sin cuenta ni medida. Sin embargo, todos ellos han resultado infructuosos. Basta recordar algunos: la farsa del famoso concierto humanitario de la frontera el 22 de febrero del año pasado; el intento de levantamiento y golpe de Estado encabezado por el prófugo Leopoldo López y por Guaidó el 30 de abril siguiente; la incautación de un cargamento de armas que llevaba un ex general venezolano, Cliver Alcalá, desde Barranquilla hasta la frontera, según declaró, por encargo de Guaidó para “llenar de sangre a Venezuela”, según afirmó Alcalá; o el desembarco de soldados estadounidenses en el lado colombiano de la misma frontera, para adelantar ejercicios militares conjuntos, a comienzos de abril pasado.
Sin embargo, el fallido ataque marítimo perpetrado el pasado domingo 3 de mayo a los estados de Guaira y Aragua, cerca de Caracas, rompió con todo antecedente. La reacción de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, FANB, permitió frustrar el golpe, conocido como Operación Gedeón. Al estilo del operativo contra el General Noriega en Panamá hace más de 30 años, se intentó derrocar a Nicolás Maduro, apresarlo y llevarlo a Estados Unidos. Así lo confesaron Luke Denman y Erin Berry, dos mercenarios estadounidenses, ex boinas verdes, capturados por el gobierno bolivariano durante el operativo. Este último informó que planeaban inmovilizar y capturar también a importantes funcionarios del gobierno venezolano y disponer los aeropuertos, Maiquetía y la Carlota, para que fueran llevados a Estados Unidos por parte de aviones traídos de ese país.
En una rueda de prensa internacional realizada pocos días después de la incursión, el Presidente Maduro mostró la copia de un contrato suscrito entre Juan Guaidó y Jordan Goudreau, ex integrante del Ejército de Estados Unidos, excombatiente de Irak y Afganistán y dueño de la empresa de seguridad SilverCorp. Firman como testigos del mismo contrato el señor JJ Rendón, asesor de Guaidó, de ingrata recordación en Colombia por su complicidad con la extrema derecha uribista y el narcotráfico, y el señor Sergio Vergara, conocido por el robo de recursos que se les darían a los militares desertores venezolanos, durante el frustrado operativo de Cúcuta hace un año.
El objeto del contrato era entrenar mercenarios en la Guajira colombiana y realizar operaciones que tuvieran como objetivo final la salida de Maduro del poder. Su monto fue de más de $200 millones de dólares, que provendrían de la venta de petróleo de la empresa petrolera Citgo, confiscada por Trump al gobierno de Venezuela. Rendón afirmó haber hecho un anticipo de $50,000 dólares por dicho contrato.
Pero el operativo era todavía más tenebroso, en lo que respecta a los vínculos colombianos. El entrenamiento de aproximadamente 70 u ochenta personas que participaron en la Operación Gedeón se hizo en tres campamentos, en una finca de Elkin Javier López Torres, alias “la Silla” o “Doble Rueda”, un poderoso narcotraficante al frente de la llamada Oficina Caribe. Este personaje tiene nexos con la tenebrosa banda de los Pachencas, cuyos vínculos con sectores del Ejército colombiano han sido denunciados. Recordemos también que miembros de otra banda, “los Rastrojos” ayudaron a Juan Guaidó a atravesar la frontera para llegar a Cúcuta al concierto.
El señor JJ Rendón, asesor del autoproclamado presidente, reconoció la validez del contrato y señaló que este hace parte de un mismo plan para derrocar a Maduro, ideado por el llamado “Comité Estratégico”, que se conformó en su apartamento de Miami en septiembre del año pasado, con el objetivo de realizar dicha tarea. Pero Guaidó sigue insistiendo en negarlo, pese a las pruebas contundentes.
Donald Trump señaló también que es ajeno al fallido operativo. Basta ver el artículo publicado el 7 de mayo en el Washington Post para convencerse de que ambos mienten[iii]. Días después del ataque, declaró con todo su cinismo: “Si nosotros lo hubiéramos hecho, sería de otra manera. Sería lo que se conoce como una invasión”
La complicidad del gobierno de Iván Duque y de las Fuerzas Armadas del país no está tampoco en duda. El 9 de mayo, 6 días después del ataque marítimo, tres lanchas artilladas con ametralladoras, fusiles y munición de la Armada colombiana que estaban en Vichada, sobre el río Meta, tomaron rumbo por el Orinoco y fueron a parar a Venezuela. La explicación del Comandante de la Armada es que habían sido “arrastradas por la corriente”, al tiempo que negó cualquier relación con la incursión.
No puede olvidarse que el Gobierno de Colombia ha estado participando con mucha complacencia en toda la estrategia de la Casa Blanca contra Venezuela y Cuba. Pero además, si de vínculos con el narcotráfico se trata, Iván Duque tiene muchas explicaciones que dar.

Grupo de Puebla: un resplandor en medio del temporal



Tomado de www.las2orillas.co/grupo-de-puebla-un-resplandor-en-medio-del-temporal/

Cuando han transcurrido apenas dos meses desde el inicio de la pandemia, las perspectivas de superarla pronto parecen bastante inciertas. Como consecuencia del confinamiento de buena parte de la población, la economía global, que ya arrastraba problemas serios en los últimos años, se derrumbó, tal como lo hicieron los precios del petróleo.
No hay augurios sobre una rápida salida a la crisis. La OMS habla de la posibilidad de convivir con el virus durante años y la vacuna no aparece todavía en el horizonte. Las instituciones internacionales hacen pronósticos cada vez más sombríos sobre crecimiento, comercio, empleo y pobreza.
América Latina vivía ya una situación bastante difícil antes de esta doble crisis. Después de una década de avances y de experiencias diversas en materia social de los gobiernos progresistas, empezó el espiral de su retroceso, por cuenta de las fuerzas enemigas del cambio de la región, apoyadas por Washington. La destitución de Dilma Rousseff, el juicio amañado y encarcelamiento de Lula, así como el triunfo electoral del fascista Bolsonaro, reflejan dicha tendencia. Como también lo hacen la intensificación del cerco a Venezuela, el golpe a Evo Morales en noviembre pasado y el cambio de rumbo en Ecuador con el mandato de Lenin Moreno.
Pero la región ya venía convulsionada. Recordemos las movilizaciones sociales de finales del año pasado, prolongadas y diversas, en varios países, pero en particular en Chile y Colombia. En ellas se exigía, entre muchos otros puntos, una modificación de fondo de las políticas públicas y del modelo económico depredador. En Bolivia los sectores populares resistían el desmonte del Estado plurinacional, emprendido por la élite racista y mafiosa que propició el golpe.
Como en el resto del mundo, los pronósticos económicos para la región tampoco son alentadores. No es fácil responder a las preguntas sobre lo que vendrá después de la emergencia: ¿Los países poderosos y las autoridades económicas del orbe que les sirven insistirán una vez más en volver a las fracasadas políticas excluyentes que destruyen el planeta y ocasionan semejante crisis? O, como esperamos tantos, ¿habrá por fin espacio y condiciones para sentar las bases de un modelo alternativo? ¿Podrá el Estado recuperar por fin su responsabilidad y su función para propiciar un mundo más justo?
En este punto se entiende la importancia del V encuentro del Grupo de Puebla, realizado de manera virtual el viernes pasado, con el lema de Paz, economía y pandemia. El Grupo fue conformado en julio pasado en la ciudad mexicana del mismo nombre por un núcleo de expresidentes, intelectuales y dirigentes políticos y sociales de avanzada de la región. En la tarea desempeñaron un papel crucial AMLO y Alberto Fernández, presidentes de México y Argentina, quienes nadando a contracorriente, llegaron al poder hace poco con una agenda progresista, aunque no exenta de contradicciones y problemas.
En la reunión, cuyo anfitrión fue Carlos Caicedo, gobernador progresista del Magdalena, participaron otros invitados, como Joseph Stiglitz, quien resaltó la gran concentración de recursos del Estado en manos privadas y llamó al multilateralismo para enfrentar la pandemia y el cambio climático.
Muy alentadoras resultaron las intervenciones sobre las perspectivas políticas de la región. Para el presidente argentino, los progresistas deben unir esfuerzos por alcanzar un sistema mundial más justo y la pandemia nos da una gran oportunidad de empezar a hacerlo. En el mismo sentido se pronunciaron Rafael Correa y Evo Morales, quien además insistió en la necesidad de concretar la integración de la región. Más que nunca se requiere hacer esfuerzos por la unidad de los pueblos para impulsar de nuevo una agenda alternativa frente al orden mundial, señaló.
Por su parte, Gustavo Petro, dirigente de la oposición en Colombia, planteó que la crisis debe aprovecharse para construir la salud como bien público global. Insistió en atender la crisis climática como punto esencial en la reactivación económica y planteó que debe forjarse un tipo de relaciones diferentes y emprender una planificación conjunta para enfrentar la pandemia y el desarrollo.
En cuanto a la paz en Colombia, Pepe Mujica fue contundente. Se refirió al fallido proceso reciente por falta de voluntad política de sus actuales gobernantes y señaló que no era un fracaso del país sino de toda la humanidad. En ese mismo sentido, Celso Amorim, excanciller de Brasil, se pronunció sobre la relación entre la paz de Colombia y la paz regional y rechazó, como lo hicieron otros, la intervención extranjera contra Venezuela.
La declaración final del encuentro recoge asuntos centrales como convertir al Estado en proveedor de bienes públicos colectivos, en especial la salud, y el cambio del modelo para enfrentar la crisis climática. Así, el Foro de Puebla emerge como alternativa al fracasado Grupo de Lima, coordinado por Pompeo. Renace el progresismo en la región y eso son buenas noticias. El V encuentro se compromete también con la Internacional Progresista, lanzada formalmente unos días antes.



[i] Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación del Seguimiento a la Implementación, una instancia creada por el Acuerdo Final con las FARC.
[ii] Humberto de La Calle, “Cuba ha apoyado la paz”, El Espectador, domingo 17 de mayo, 2020, p.44. Bogotá DC.


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